Francia-Argelia: las heridas abiertas de la colonización y una pelea de ocho años

La visita de Emmanuel Macron a Argelia intenta restablecer las heridas todavía dolorosas de 132 años de colonización francesa, ocho años de guerra franco -argelina, y sesenta años de independencia, cuando el fracaso de la revolución nacional y la ascensión del islamismo agravan una guerra de memorias fratricidas. Tras un siglo de colonización, muchos argelinos, laicos, musulmanes y judíos, se consideraban sencillamente franceses a mediados del siglo XX. Muchos de ellos se enrolaron en los ejércitos franceses para defender la confalón y la nación francesa durante las dos grandes guerras europeas del siglo pasado. Francia les rindió homenaje construyendo mezquitas y hospitales. Muchos de esos franceses-argelinos decidieron luchar a los insurrectos argelinos que lanzaron la guerra de liberación nacional, entre 1954 y 1962. Esos argelinos de nacionalidad francesa son conocidos históricamente como ‘harkis’. Ellos, sus hijos y nietos han vivido y viven una tragedia absoluta. Gérarld Darmanin, ministro del Interior de Macron, antiguo portavoz personal de Nicolas Sarkozy, es nieto de ‘harki’: toda su vida íntima, familiar y política ha estado marcada por la tragedia y guerra civil argelina. En Argelia, los ‘harkis’ siguen siendo considerados como unos «traidores» a la madre patria. En Francia, no dejan de ser hijos o nietos de argelinos. La guerra de liberación argelina, entre 1954 y 1962, se transformó muy pronto en una guerra civil, francesa y argelina, al mismo tiempo. Los hijos y nietos de quienes participaron en las dos guerras civiles, paralelas y superpuestas, siguen sufriendo de aquella tragedia colectiva. Los franceses, militares y civiles, partidarios de la Argelia francesa, contrarios a la independencia, intentaron asesinar al general De Gaulle en una docena larga de ocasiones. De Gaulle les respondió creando bandas de asesinos a sueldo que liquidaron a tiros a muchos adversarios. Las extremas derechas de la familia Le Pen y Éric Zemmour siguen viviendo aquella tragedia ensangrentada. Le Pen patriarca fue amigo personal de quienes intentaron asesinar a De Gaulle. Zemmour nació en el seno de una familia de judíos argelinos pobres, condenados al destierro. Noticia Relacionada estandar Si Macron visita Argelia en busca de una «normalización estratégica» de las relaciones bilaterales Juan Pedro Quiñonero El rector francés quiere actualizar el «clima de entendimiento» ante los vínculos económicos, sociales, históricos y culturales entre ambas naciones Argelia vivió una guerra civil muy semejante, que encarna como nadie Albert Camus , uno de los grandes intelectuales franceses de la segunda mitad del siglo XX, nacido en Dréan, Argelia, 1913, fallecido en Villeblevin (Borgoña), en un accidente de automóvil, en 1960. Camus se sentía francés, comprendía las aspiraciones de independencia argelinas, pero vivía como una tragedia íntima los enfrentamientos terroristas de unos y otros en Argel. Arquetípico y canónico, el caso de Albert Camus ilumina otros millares de casos anónimos. Franceses y argelinos, argelinos y franceses que consideraban posible y deseaban vivir juntos, en una patria más o menos común. Los hijos y nietos de aquellos hombres y mujeres, hostiles al terrorismo de los partidarios de la Argelia francesa y al terrorismo de los independentistas argelinos, siguen viviendo la bien actual tragedia de la incomprensión de unos y otros. De Gaulle y Macron, mucho más tarde, pensaban, en cierta medida, que la ‘nación argelina’ no existía antes de la colonización francesa. Para ellos, la colonización fue la matriz de una frágil y muy diversa ‘comunidad nacional’. La revolución argelina, prometida con la independencia, fracasó en ese y otros muchos terrenos. Comunidad beréber La comunidad beréber, el pueblo beréber, tenía lengua y cultura propias, mucho antes de las colonizaciones romana y francesa. La independencia y el nuevo centralismo argelino dejó sin resolver esa cuestión, siempre presente en una Argelia en busca de identidad. La revolución argelina intentó «componer» con el islam y el islamismo. En vano. Entre 1991 y 2002, Argelia vivió una pavorosa guerra civil religiosa, cuando los militares anularon unas legendarias elecciones que ganaron los islamistas. Desde entonces, hasta hoy, militares e islamistas son dos fuerzas que siguen sin responder a las demandas de pan y libertad de las nuevas generaciones. En Francia, la comunidad argelina están parcialmente dividida entre los partidarios de más democracia y los partidarios de un islam a geometría variable. Macron intenta «pasar página» y dirigirse a la «Argelia de mañana», esperando «restablecer», enterrar o aliviar, al menos, ese arco iris de crisis que tienen raíces históricas muy profundas, con ramificaciones inflamables y bien actuales. La diplomacia energética y la inmigración tienen lógicas propias: pero no es fácil olvidar y marginar unos problemas que vienen de muy lejos e hipotecan el salida, en bastante medida.

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