Una cerveza en la sacristía y un café en el viejo aceña de Utrecht

Utrecht no solo presume de haber sido la localidad en la que se firmó, en 1713, el histórico tratado de paz que puso fin a la guerra de Sucesión española o de tener el Dom, la torre de fortificación más antigua —el 26 de junio de 1321 se colocó la primera piedra — y, con sus 112 metros, más alta de los Países Bajos. Con 300.000 habitantes y a solo media hora en tren desde el aeropuerto de Ámsterdam, también alardea del peculiar ambiente que dan a las calles de su coqueto centro urbano los numerosos estudiantes de su centenaria universidad. Canales, plazas y parques de esta ciudad, en la que la bicicleta es la reina absoluta para desplazarse, se llenan de animación cuando el tiempo acompaña y unos pocos rayos de sol son suiciente excusa para sentarse en una terraza o, simplemente, en las escalinatas que dan al canal arrimado al Tivoli, el vanguardista centro cultural que bordea el casco histórico. Entonces, sus viejos edificios de cuidadas fachadas y sus templos discretos acrecientan el atractivo de un lugar en el que no todo es lo que parece.

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